Salud Mental, ¿De qué hablamos?

▪️ MARTES DE TERAPIA ▪️
“Salud mental, ¿De qué hablamos?” 👥 por la Lic. Anahí Soto Muñoz, miembro del equipo del IPPL 📝
El 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental. Esta efemérides se plantea como una campaña que busca concientizar y dirigir la atención mundial en la identificación, tratamiento y prevención de algún padecimiento mental, emocional o trastorno de conducta. El lema de 2020 pronuncia “Salud mental y bienestar, una prioridad global”.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) planteó que “tras decenios de abandono y falta de inversión en los servicios de Salud Mental, la pandemia del COVID-19 está afectando ahora a las familias y comunidades con un estrés mental adicional”. La pandemia ha puesto de manifiesto la necesidad de atender cuestiones ligadas a la salud mental, como parte de la definición global del concepto de salud. Evidentemente, ya no es posible relegar su importancia. Como psicoanalistas nos vemos interpeladas ante nuevas presentaciones del malestar y a su vez, en la manera de abordar la clínica. Por ejemplo, incluyendo la atención a través de plataformas virtuales para sostener los espacios terapéuticos.
Al mismo tiempo, la OMS reconoce que no existe una definición oficial de “Salud Mental”, sino que éstas varían en función de diferencias culturales, asunciones subjetivas y teorías profesionales. El campo de la Salud Mental es heterogéneo, en él hay multiplicidad de prácticas y agentes (trabajadores).
En este sentido, la Salud Mental no puede estar desgajada de la Salud, aunque si sea necesario sostener la propia especificidad. Reflexionar sobre esta noción, incluye pensar en algo más que evitar “enfermedades mentales”, actualmente incluye pensar el malestar que producen diferentes circunstancias. No resultaría adecuado reducir el sufrimiento y la angustia a cuadros patológicos o nosografías prediseñadas, tampoco tratar de definir causalidades lineales frente a una situación. En este sentido, es importante pensar la opción de despatologizar procesos propios de la vida. En el consultorio surgen las siguientes verbalizaciones: “… No debería sentirme así; No es para tanto; Lo que cualquier padre haría es; ya pasaron muchos años…” Entre líneas se escucha un imperativo de adaptación a una supuesta normalidad.
En nuestro trabajo clínico, entendemos que la angustia no es necesariamente un síntoma de “enfermedad”, sino más bien puede formar parte de los recursos subjetivos para afrontar situaciones vitales. Es innegablemente que hay angustia y preocupación a lo largo de la vida y especialmente en situaciones extremas.
Lo que se conoce como padecimientos mentales puede tener que ver con dificultades para simbolizar, procesar o atender a algunas emociones que se encuentran racionalizadas y que, sin embargo, son difíciles de aceptar para la persona, debido a reglas culturales, familiares, entre otras. En el caso de las etiquetas diagnósticas, estas pueden estigmatizar a las personas, aumentando así la experiencia y sensación de desprotección e indefensión. Urge dejar de considerar los padecimientos mentales como patologías. Inclusive, algunos hechos obligan a revisar creencias y evitar afirmaciones taxativas sobre subjetividades.
Sentirse desadaptado, subestimar las propias sensaciones, pensamientos, medirse con una normal sociala veces genera más sufrimiento que el propio padecimiento. Lo terapéutico no consiste en encasillar al paciente en un diagnóstico psicopatológico, sino en habilitar planteamientos o acciones que construyan la mejor manera de ayudar a las personas a aliviar sus dolencias o solucionar sus problemas. Desde nuestro lugar profesional consideramos que no hay mejores o peores motivos para consultar. Será la brújula el deseo de repensar(se), de ubicar que cuestiones propias quieren revisarse, para dejar de repetir, para construir, quizás también simplemente para desarmar sin destruir.
Resulta necesario revisar las prácticas en Salud Mental, y las psi en particular, asumiendo a la crisis ya no como una interrupción de la normalidad, sino más bien, a la normalidad como crisis.
Anahí Soto Muñoz
Licenciada en Psicología

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