Zona de confort: una mirada analítica

▪️MARTES DE TERAPIA ▪️

“Zona de Confort: una mirada analítica” 🏃🚶 por la Lic. Anahí Soto Muñoz, parte del equipo de la Clínica de Adultos del IPPL 📝

Convoca escribir sobre este tema, ya que la frase tengo que salir de mi zona de confort, se hace presente puertas adentro del consultorio y a veces con una intensa impronta imperativa. Se enuncia como un objetivo o ideal a cumplir, pero a ciegas, sin poder ubicar de donde es que se tendría que salir.

¿Cómo se podría definir este concepto? La zona de confort es un término que se utiliza en algunas corrientes de la psicología, que circula en el discurso social y es parte del imaginario colectivo, tal como otros conceptos psicológicos de uso cotidiano.

Pues bien, esta zona se puede definir como un estado mental que implica seguridad y protección, donde no se corren riesgos, aquel lugar que alguien elige para no cambiar. La persona crea una rutina donde no existen sobresaltos, construye una suerte de receta subjetiva del como ser, sobre cómo manejarse en la vida. Es un seguro contra la angustia de no saber qué hacer, ni cómo actuar frente a los otros.

El dicho popular “Más vale malo conocido que bueno por conocer” se asemeja bastante bien a la zona de confort. Pese a que algunos aspectos de la vida de una persona puedan no gustarle o no resultarle saludables, prefiere convivir con ellos, antes que explorar, debido a que eso le aporta seguridad, estabilidad y le ofrece determinadas garantías.

Un conocido colega alude a este concepto de un modo interesante: “La zona de confort se parece a una trinchera, en tanto un lugar donde uno se cree que está a salvo, pero es un lugar espantoso. Es un hueco de tierra, con agua estancada, donde hay ratas, pero extrañamente en ese lugar te sentís seguro. Pensás que afuera esta lo peor, pero sin embargo puede ser que afuera también este la paz, la tranquilidad. Tal vez terminó la guerra y no te enteraste”.

Salir del confort implica no saber qué ocurrirá, y la inseguridad que esto genera hace que continuamente se evite la salida. Inevitablemente la vida pone por delante situaciones que no se esperan, que no se pueden anticipar, como consecuencia, algunas personas en momentos así, de cambios, no saben cómo asimilarlos y emergen diferentes sensaciones de malestar.

¿Cuándo toma la palabra el discurso psicoanalítico? En este punto, donde permanecer fijado a una forma de vivir o pensar conocida, produce sufrimiento. Estar ubicado en la zona de confort, implica una toma de posición ante el sufrimiento, la vida y también ante el deseo. El psicoanálisis apuesta a abrir un tiempo de reflexión, un paréntesis para pensar, preguntar, poner a circular la palabra. La receta subjetiva que cada persona construyó como zona de confort tendrá validez solo para esa persona en particular. Como analistas ubicaremos lo subjetivo en esa consulta y en quien consulta, ¿De qué manera expone el malestar que le genera?, ¿Qué significa esa zona de confort para quien enuncia ese pedido?, ¿Qué representa?

En otros términos, un tratamiento se dirige a que quien consulta pueda realizar un cambio en su posición subjetiva, el cual no será sin angustia. Una angustia, que quizás, es mejor que la seguridad de una receta condenada al fracaso. Una angustia, que abre la puerta a elegir que quiere cada uno para sí mismo. A poner en cuestión eso que cada uno hace, tiene o piensa, si ese trabajo, esa relación, etc. lo mueven a vivir de modo consecuente con su deseo.

Habilitar la pregunta por el deseo propicia salir del ciclo de la rutina donde el deseo no tiene lugar. Intentar una apuesta al cambio, implica entrar en contacto con el deseo, para establecer ese contacto hay que arriesgar. La idea de cambio se puede presentar como amenazante, ya que implica necesariamente la idea de pérdida. Elegir supone riesgos, cuando se elige algo, se deja de lado otra cosa.

Transitar un análisis requiere poner en cuestión el “como de costumbre”, el “lo hago porque lo tengo que hacer, porque no me queda otra cosa para hacer”, posición en la que algunas personas se sostienen a costa del sufrimiento, de un fuerte síntoma, de un interminable dolor.

Quien preste presencia como analista, será quien acompañe al paciente en este movimiento, en este avanzar. “El deseo se hace al andar”

Anahí Soto Muñoz
Licenciada en Psicología

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