Trabajar con adolescentes

Hoy les compartimos un artículo del diario El Litoral, en el que el psicoanalista Luciano Lutereau plantea algunas coordenadas del psicoanálisis con adolescentes:
¿Qué lugar ocupa el analista con relación al adolescente? ¿Qué función tienen las entrevistas con los padres y parientes? ¿Qué puede aportar un análisis a los vínculos y la dinámica familiar? ¿Se trata de que el adolescente, finalmente, se independice?

¿Cuál es el lugar del psicoanalista en el tratamiento de un adolescente? Me parece valioso especificar este lugar, porque en el curso de estos años, en diferentes charlas con padres he notado que les despierta una ansiedad particular que ese otro que es el psicoanalista tome en sus manos a ese hijo.

 

Esta ansiedad es perfectamente comprensible, porque el tratamiento de un hijo sin duda confronta a los padres con una impotencia que es mejor que no los destituya. Un miedo habitual en padres es que el psicoanalista autorice en el hijo cuestiones que ellos no harían, es decir, que se convierta en una especie de confidente que actúa a espaldas de ellos. En este punto, seré taxativo: si bien el psicoanalista establece una alianza de trabajo con el adolescente (como con cualquier paciente) eso no quiere decir que pase a ser una especie de cómplice; como tampoco el psicoanalista es un espía al servicio de los padres, que, por ejemplo, tendría que contarles aquello de que su hijo habla en las sesiones. Ni de un lado ni del otro, su función es la de crear un espacio intermedio, un zona que haga las veces de transición y que, para cada caso, puede hacer llegar a los padres un mensaje que el hijo sólo puede transmitir de manera sintomática, mientras que respecto del hijo pueda hacer que la imagen de los padres no tenga la consistencia dramática que le da la fantasía de victimización (“Mis padres sólo quieren hacerme mal” o “Lo único que les interesa es que sea un niño y no quieren dejarme crecer”).

 

Por otro lado, ciertos padres nos piden que hablemos con su hijo de tal o cual tema y, en estos casos, para retomar este tipo de cuestiones es que durante el tratamiento del adolescente también tenemos entrevistas con los padres. Sé que no es fácil para ellos ir a entrevistas una vez que el o la joven empezó el tratamiento, pero créanme que son fundamentales, no porque la función de estas reuniones sea ir contándoles cómo va el tratamiento; en esta expectativa es que se reproduce con el psicoanalista la actitud que se tiene con el hijo, en la medida en que se espera saber todo sobre él o ella y, por ejemplo, la imagen del “buen hijo” se desplaza hacia la imagen de un “buen psicoanalista” (obediente y que no traiga problemas).

 

En las devoluciones que hacemos los psicoanalistas siempre tratamos de incluir los aspectos en que un joven está creciendo, es decir, apuntamos a destacar que la presencia de conflictos de por sí no es patológica y que, además, siempre hay recursos con los que ese joven está haciendo frente a ese desgarramiento que implica el crecimiento. La imagen estática del adolescente como un ser inmaduro es un prejuicio de los adultos, porque se detiene en la idea de que el joven no puede (es decir, lo impotentiza) y no tiene en cuenta la ampliación progresiva de recursos que un adolescente produce de manera constante.

 

Desde mi punto de vista, un buen proceso terapéutico concluye cuando los padres pueden recuperar la relación con su hijo, más allá de las expectativas adaptativas y en condiciones de autorizar las iniciativas creativas que aquél propone, no sólo para su vida sino también para la organización familiar. De esta manera, el tratamiento de un joven no es para que se desligue de la familia, sino para que pueda permanecer en ella, pero de manera independiente y como un miembro colaborador. Ser independiente no es el fin de la dependencia (esta es una fantasía adolescente), sino un modo de poder servirse de la dependencia con fines que impulsen el crecimiento de la relación con los otros.

 

Por último, quisiera subrayar algo que a primera vista pasa desapercibido. Cuando los psicoanalistas recibimos en consulta a los padres, nos enteramos de muchas más cosas que las que nos cuentan. Si bien los padres creen que consultan a un profesional por un problema concreto, desde el punto de vista de quien se sienta frente a ellos, se siente mucho más. Sus ansiedades se hacen carne en nosotros y así podemos reconocer una dinámica familiar, al punto de que el psicoanalista vive ciertas regresiones que lo llevan nuevamente a la relación con sus propios padres. Por eso es que muchos psicoanalistas prefieren no trabajar con padres o lo hacen poco, porque no les gustan las entrevistas con padres. Otros directamente eligen no atender niños o jóvenes, lo cual demuestra cuán importante es que el profesional que recibe una consulta no sólo sea alguien que haya estudiado mucho y tenga más o menos títulos. Lo fundamental será siempre que el psicoanalista, por su parte, haya hecho un proceso terapéutico que le permita no poner en juego allí sus propios problemas (algunos quizá no resueltos) para poder recibir y hacerse eco de quienes están ahí para hablar de su hijo.

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